Eduquemos hijos fuertes

Las familias se muestran esquivas a aceptar la posibilidad de que  sus hijos sean sujetos de adicciones a sustancias, o la tecnología, a la pornografía u otros. Más bien tienden a favorecer complacidos, en la infancia, ciertos abusos socialmente tolerados, dado que en el caso de la tecnología, por ejemplo, les resulta un medio de entretenimiento que los asombra positivamente por las destrezas que desarrolla en sus hijos y reemplaza un tiempo que los deja libres de un esfuerzo de acompañamiento y trabajo parental.

Dicho espacio, al quedar vacío, es ocupado por sucedáneos que llenan esa necesidad del hijo de sentirse junto a alguien, de interactuar, de sentirse exigido y  valorado, de sentirse amado.

Además vivimos, la cultura del bienestar, en la cual “las cosas y el tener” están por encima del ser; una cultura que está bien asentada en el poderoso engranaje de la sociedad de consumo, que ha absorbido a padres e hijos arrolladoramente, convenciéndolos de que su poder reside en lo externo y no en su valor interior o en aquellas virtudes que logren adquirir como parte de su maduración, esfuerzo y crecimiento personal y familiar.

El hedonismo también, como la filosofía del placer que busca satisfacer todos los sentidos, instintos y deseos, se une al inmediatismo de esta época: todo debe adquirirse y satisfacerse, en el menor tiempo posible y al más bajo costo.

El sacrificio y postergación de los logros, base de todo resultado a largo plazo, queda descalificado como elemento nuclear en la formación de la personalidad y valores familiares.

La cultura del bien ser, que valora la riqueza interior, la búsqueda de la verdad y la obtención de logros en base al tiempo, esfuerzo y sacrificio, es la propuesta que hacemos a los padres de familia para que estén consientes de que su tarea de padres implica una propuesta contundente e intencionada, que no dé espacio a los  sucedáneos que se filtrarán atractivamente en la cultura de sus hijos y que sin advertencia aparecerán instalados como antivalores que hacen de ellos personas débiles y vulnerables.

Prevención primaria, cuando el problema aún no se presentó.  A eso apuntamos. Porque nadie está exento de que la nueva cultura lo envuelva y sea luego muy difícil discernir entre el bien y el mal: eje de una moral férrea y clave de una vida de  verdadera realización y auténtica felicidad.

María Helena Manrique de Lecaro

Directora de Orientar

Revista Vive, 2014

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